Del Amarillo al Turquesa


De los Arbolitos al Bosque

“Where is the Life we have lost living, where is the Wisdom we have lost in Knowledge, Where is the Knowledge we have lost in Information?”

Cuando la Mente Amarilla expresa la nostalgia de los versos de “la Roca” del Premio Nobel de Literatura 1948  T.S. Eliott, ha comenzado su transición al Turquesa, que no es sino darse cuenta de que toda la Información y Conocimiento del Mundo (los Therabytes y Therabytes de datos que a diario se acumulan en el ciberespacio) no conducen a la Sabiduría.

La simple cantidad de información y calidad de saber al alcance de la Mente Amarilla conducen al fracaso de su proyecto más ambicioso: su deseo de comprender a cabalidad el Mundo y sus interrelaciones.

Si, como dijimos la semana pasada, la vida es un inmenso juego de Legos que se pueden organizar y reorganizar de mil maneras, por más que lo intente, la Mente Amarilla no consigue comprender el diseño del Todo. Su comprensión se parece más a una colcha de retazos (de esas que hacían las abuelas de antes) que el elegante tapiz que la Mente Amarilla soñó.

La razón de fondo de este fracaso es la naturaleza inductiva y creativa de la Mente Amarilla que se esfuerza más en comprender las posibilidades de cada uno de los proverbiales arbolitos que en ver el bosque. Por eso, en sus esfuerzos el Amarillo alcanza apenas una comprensión “parchada” que entiende el funcionamiento de las partes y elementos del saber, pero no el Todo.

Por si fuera poco, a la Mente Amarilla en transición al Turquesa, cada vez le parece más evidente que la realidad está en constante flujo y que el cambio de una variable (o arbolito) impacta a todos los demás (al bosque).

Como bien señala Fritjof Capra en su libro “La Trama de la Vida”, todo está relacionado con Todo y en fluir constante.

Bajo estas condiciones, el saber definitivo que anhela la Mente Amarilla es imposible (No es fortuito que Platón -que aborrecía el cambio constante de la realidad predicado por Heráclito- postulara las Ideas o formas permanentes e inmutables de las cosas).

Así que la Mente Amarilla (Integradora) en transición admite su derrota y comienza a interesarse en el bosque (o a la llamada Teoría de Todo), e inicia su camaleónico cambio al Turquesa (Mente Holística o Global).

De Holismo y Matrioskas

Imagino que en cuanto leyeron el término “Holístico” un tercio de mis dos lectores y medio trajo a colación imágenes de camas de masaje, temazcales, aromaterapias, inciensos de todos olores y sabores, Flores de Bach y otras terapias “New Age” por lo que no está de más aclarar que no es a ese tipo de holístico al que Graves se refiere.

Holístico viene del griego “Holón” (no pos si) y es un término acuñado en 1967 por Arthur Koestler que significa que una cosa es simultáneamente un todo autónomo y una parte de algo más grande (algo así como las Matrioskas o típicas muñequitas rusas). Así, por ejemplo, dentro del cuerpo humano el sistema digestivo es un holón pues se “manda a sí mismo”, pero a la vez está íntimamente vinculado y es interdependiente de los demás sistemas del cuerpo.

A nivel social, cada ser humano es un holón -un individuo completo- que, sin embargo, está íntimamente vinculado a otros individuos (la sociedad). Nuestro planeta es un holón dentro del sistema solar que, a su vez, es un holón en la Vía Láctea, que a su vez es un holón en el Universo, que a la vez… (este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez? No. No, dijo el gato con los pies de trapo… Odio ese juego!)

Así que a la Mente Holística la caracteriza la creencia de que el todo el Cosmos es un solo macrorganismo, inteligente, con un sistema de regulación propia (con conciencia, pues’n, o lo que el buen y adelantado Platón llamó “Anima Mundi”, el Alma del Mundo) y que cada uno de nosotros -por muy completito e autosuficiente que se crea- no deja de ser un holón o átomo dentro de ese macro-organismo al que llamamos Universo (¡santas matrioshkas cósmicas, Batman!).

De ahí que el deseo que domina a la Mente Turquesa sea aprender a vivir en armonía con el Anima Mundi (el Taoísmo es quizá la espiritualidad que mejor satisface a esta aspiración), aprender a ser una célula benéfica para la Vida del todo.

De hecho, si lo pensamos bien, al calificar a la Mente Turquesa como “Holística” -en contraste con la Mente Amarilla o “Integradora”- Graves quiso señalar una diferencia crucial: Integrar es atender a las partes y buscar juntarlas armónica y funcionalmente como hace un ingeniero con un mecanismo o las partes de una casa: cada una tiene su razón de ser y lugar en el diseño; ser holístico (Holistiquear aún no es verbo) es quitarle énfasis a las partes en beneficio de la elegancia y experiencia del conjunto (una visión más arquitectónica que ingenieril).

Un ejemplo de la Medicina puede ser esclarecedor: Si la Medicina Alternativa, la Homeopatía y la Herbolaria son remedios Verdes por excelencia; el uso de tecnologías de punta -como tratamientos láser y prótesis cibernéticas- son los remedios de la Mente Amarilla; la Turquesa no desecha ninguno de los remedios anteriores (ni las operaciones quirúrgicas Naranja, el agua bendita Azul, el fitness Rojo o las limpias Moradas) sino que las combina todas en beneficio del bienestar general (wellness) del paciente.

Dicho de otro modo: puesto que cada holón está interconectado con otros holones no se trata de tan solo sanar el órgano (holón) enfermo (hígado, corazón, pulmón) del paciente sino procurar que el bienestar integral del paciente, su salud física, emocional, psicológica y etcéteramente.

Así que, si -en paralelo al tratamiento principal- el paciente quiere oler Flores de Bach, hacer terapia emocional o constelaciones familiares, entrarle al Budismo Zen o tomar té de pasiflora hasta perder la conciencia (o la vejiga), la Mente Holística no tiene empacho en permitírselo (siempre y cuando, se entiende, no contravenga el tratamiento principal).

Y es que la Mente Turquesa está abierta a las aportaciones del resto del espiral (homeopatía y herbolaria Verde, limpias Moradas, agua bendita Azul, bares de oxígeno Amarillos, operaciones quirúrgicas Naranja) no necesariamente porque crea en ellas, sino porque una Mente Turquesa está íntimamente convencida de aquello que el Hamlet de Shakespeare expresaba tan bellamente: “Hay más cosas en el Cielo y en la Tierra, Horacio, de las que tu Filosofía jamás ha soñado”.

Como quien dice, pese a que los seres humanos nos jactamos de navegar en alta mar del conocimiento, lo cierto es que la Mente Amarilla en transición al Turquesa comienza a darse cuenta de que la Humanidad apenas se ha mojado los pies en el misterioso Océano de la Existencia y que hay una infinidad de fuerzas y energías cuya comprensión aún nos supera (Y, dirá la Mente Turquesa, ¿quien soy yo para declarar inservible el agua bendita si ello hace sentir mejor psicológica y espiritualmente a mi paciente?)

 Síntomas Turquesas

Dos son las grandes señales del adviento de la transición a una Mente Turquesa: un decidido retorno a la espiritualidad y su consiguiente deseo de comunidad (me va cayendo el veinte -a estas alturas de nuestro camaleónico partido- que en la teoría de Graves estas dos características parecen ir de la mano: Morado, Azul, Verde y Turquesa -los colores “fríos”- son más espirituales y comunitarios que los cálidos. ¿Quizá la espiritualidad nos lleva a pensar más en los demás? Habrá que darle vueltas al asunto, dijo la Mente Amarilla).

El caso es que a la Mente Amarilla en transición al Turquesa ya no le basta jugar y malabarear conceptos e ideas en su fuero íntimo, sino que quiere (nótese que no escribí requiere que suena parecido pero no es igual) compartir lo que sabe en beneficio del Todo (o al menos de los que tengan oídos para oír) pues entiende que, aunque unos vayan en camarote de lujo y otros en cubierta de quinta, el barco es el mismo y -como dejó claro el “Titanic”- si una parte se hunde, se hunde todo (con todo y brillante azul, Kate Winslow y Leonardo DiCaprio) .

 Por otra parte, la Mente Turquesa se siente profundamente atraída hacia lo que crecientemente percibe como un Misterio que nos supera (y nos superará, dijo Don Teofilito) aunque logremos entender racionalmente algunos de sus aspectos. Y ese Misterio es ni más ni menos que la Existencia de todo y de todos: el Ser (ajá, hénos de vuelta en los dominios de mi cuate “Marty” aka el Herr Doktor Heidegger y/o los inicios de la Psicología Transpersonal).

Y es que a la Mente Amarilla en transición le es dolorosamente palpable que el Naranjísima “Orígen de las Especies” de Carlitos “Homo Sapiens Sapiens” Darwin nos puede aclarar mucho de evolución de las especies pero poco sobre el origen de ese primer microorganismo que “apareció” en las primitivas aguas termales del Planeta.

O que esa magnífica teoría Verde que es el Big Bang se queda sin respuesta lógica -cual koan Zen- cuando preguntamos ¿de dónde caraxos salió la E=MC al cuadrado que causó tan tremendo estallido cósmico?

Pero, a diferencia de otras Mentes que han rozado el mismo Misterio (Morada, Azul, Verde) la Mente en transición al Turquesa ya no se preocupa por nombrar y definir dicho Misterio (los dioses, Alá, la Naturaleza), ni por rebatirlo al estilo Naranja, sino que lo suyo es simplemente experimentar eso que Ken Wilber llama “El simple placer de ser” (The Simple Pleasure of Being).

Y disfrutando de ese simple placer de ser  los dejo hasta la próxima semana en que veremos la Mente Turquesa...