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¿Tendrá sexo el corazón?


Días santos para los creyentes, de reventón para los no creyentes, y de ocio griego para nosotros los paganos (¡tres hurras por el Estado laico que permite a cada uno perseguir su idea de felicidad!). Días de pensar en la inmortalidad del cangrejo, en las tesis de Heidegger, en los aforismos del Tao Te Ching sin otro afán que ver la vida a través de la claraboya del camarote de nuestros perjuicios. Días para considerar cuestiones ociosas como, ¿tendrá sexo el corazón? Ese órgano encargado de bombear la sangre según la biología, y de hacernos sentir amor por otro según la cultura, ¿será un órgano sexuado? Porque hoy día, cortesía de los escáneres cerebrales sabemos que nuestras cabecitas funcionan distinto: los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, (lo que significa que las viejas pensamos con la uña del meñique y los varones con la entrepierna); pero el músculo cardíaco, ¿ama distinto, ama más o ama menos según el pecho que lo albergue sea femenino o masculino?

La pregunta no es tan ociosa como parece: en un País como donde la figura paterna está ausente de más del 50 por ciento de los hogares, mucho se alaba –y con justa razón- el amor de madre. A las madres de México –ya lo dijo Octavio Paz con maestría inigualable- no sólo se les equipara con los más sublimes misterios (guadalupano), con la más fundamental carencia (no tenerla) y la más altisonante ofensa (¡ingue-a-zu!). Pero comparar el amor de buenas madres con la irresponsabilidad de malos padres y de ahí concluir que las mujeres somos más amorosas que los varones es una falacia feminista que los caballeros han –sorpresivamente- permitido pasar por ‘verdad’ durante demasiado tiempo. Sobre esta chafa comparación de “peritas en dulce” vs. “villanos de telenovela” se basa el maniqueo concepto de que los hombres son unos irresponsables, egoístas, desalmados, incapaces de ternura, amistad y/o sacrificio por sus hijos; mientras que las mujeres somos siempre dechados de acogedora y comprensiva calidez materna, dulces princesitas capaces de injertarnos en pantera si, y sólo si, peligra la vida de nuestros vastaguitos (obviamente quien así opina no ha visto una barata de Zara).

Pero la cara de la realidad es bastante distinta: mujeres capaces de metamorfosearse en arpías para herir, dañar y hasta matar a sus hijos hay tantas como varones (nomás asómense a la nota roja o a los escritos de Freud); y varones que admirablemente han sabido ser incondicionales e incluso suplir la ausencia de una madre en las vidas de sus hijos también abundan. Lo cierto es que la capacidad de amar incondicionalmente, lo mismo que la capacidad de crueldad e irresponsabilidad no parece monopolio de ninguno de los sexos. De ahí que mi conclusión sea que el corazón no tiene sexo o, dicho de otro modo, que no es el sexo (género, pues’n) lo que determina la capacidad de amar de hombres y mujeres, sino esos factores que los psicólogos llaman la estabilidad emocional, temperamento, carácter, hábitos y etc. Los filósofos, más afectos a otra terminología, coincidimos que la magnanimidad, generosidad, fidelidad, paciencia y valor (¿o será temeridad?) necesarias para criar a un niño tienen que ver más con el alma que con el cuerpo, más con la virtud que con el género.

Y es aquí donde mis ociosas meditaciones primaverales atisban tierra: porque si la capacidad de amar, cuidar, educar a un niño depende de virtudes que nada tienen que ver con el género, ¿por qué insistir en que la ley no les permita adoptar a los homosexuales o las lesbianas? ¿Por qué –ante la triste evidencia de ese largo y trágico rosario de niños maltratados y privados de la vida por sus heterosexuales madres, padres y padrastros –o niños violados por sus santos tutores- insistir en que la mejor opción para una niñez saludable en cuerpo, mente y espíritu es el hogar heterosexual y/o el orfanato estatal o religioso? ¿No será hora de reconocer que el mejor hogar para un niño o niña es aquel donde simplemente es querido y respetado como ser humano, al margen de los prejuicios de la sociedad bien pensante y/o de un periclitado mito creacionista que durante siglos sólo ha servido para que al varón blanco y heterosexual todos los demás les pidamos perdón por, y permiso para, ser lo que somos? (negros, indígenas, mujeres, homosexuales, etc.)

La ley, obviamente, tendría que contemplar medidas para que la adopción homosexual no se convierta en una oportunidad de abuso. Pero al igual que en las demás adopciones, la injerencia de la ley y el Estado laico deben limitarse a verificar la integridad y solvencia de las personas que conforman la pareja, no fijarse si la unión es homosexual o heterosexual. Porque resulta bastante incongruente querer prohibir a los homosexuales la adopción por el simple hecho de serlo, cuando a diario la evidencia nos muestra que la heterosexualidad de la pareja  no es garantía para el bienestar de niños que –engendrados y paridos como “Dios manda”- no son deseados, respetados, ni amados por sus progenitores.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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