Jupiter Images, 2008.

Optimismo inteligente


En estos días en que mis dos lectores suponen me tiré a la parranda y perdición, tuve una visión. No crean que les voy a contar el producto onírico de una sobredosis de ponche navideño y/o los efectos de haberme tragado el alucinógeno monito de la rosca con tal de no tener que convivir con la parentela en la Candelaria. No. Todo empezó con la lectura de un estupendo artículo de Jesús Silva Herzog intitulado “Fenomenología de la queja”, acompañado por una serie de reflexiones de Héctor Aguilar Camín sobre el mismo particular (http://impreso.milenio.com/ node/8677549) donde ambos resaltan que los mexicanos en general –y los opinadores en particular- nos hemos vuelto plañideras decrépitas y voceros de la desilusión rampante; gente con más devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Gemido que al cultivo de la inteligencia creativa pródiga en soluciones.

La lista de lo que hace aflorar el lamento a nuestros labios es larga: ante el frío, el tráfico, los precios, la inseguridad, la pobreza, la educación, los impuestos y el gobierno proferimos sendos quejidos. Contrario a lo que cree Bill Bowden autor del libro “Un mundo libre de quejas”, lamentarse no siempre es superfluo pues la queja es la expresión de la distancia que media entre la realidad como es y la realidad como quisiéramos que fuera. Al quejarnos reconocemos nuestras carencias y por ello no está mal quejarse, lo malo es quedarse en el puro gimoteo.

Y ahí si, como señalan Silva Herzog y Aguilar Camín, los mexicanos somos campeones mundiales de la disciplina. De hecho, somos de los países que más chilla y menos practica las actividades subsidiarias por excelencia: el activismo y la filantropía. Seguimos siendo una ciudadanía adolescente y llorona, exigente de sus derechos pero que aún no quiere hacer nada por sí misma ni enterarse de que cada derecho conlleva una responsabilidad. Estamos acostumbrados a que lo que no hace Papá Gobierno le toca a Mamá Iglesia y que entre ambos –por ley o caridad- han de llevar a la sociedad a buen puerto. Se nos olvida que entre los extremos de la ley y la caridad está la responsabilidad cívica, que no es otra cosa que hacerse cargo de un problema común para solucionarlo de fondo (en vez de perpetuarlo mediante la creación de clientelismos políticos o eclesiásticos).

Entregados al húmedo deporte del lloriqueo extremo, nos pasa de noche aquello que Hölderlin ya sabía: que donde existe lo negativo también existen las fuerzas para vencerlo, y que las soluciones reales a los problemas del mundo jamás han surgido de los gobiernos (la neta, ¿cuándo fue la última vez que un político hizo, dijo o pensó (sic) algo de verse?) Las soluciones a los problemas de la Humanidad han nacido siempre de individuos que no gozan de un puesto, presupuesto o autoridad para cambiar el mundo; individuos que han sabido suplir estas carencias con la audacia, el valor y la sensibilidad de hacer suyo un problema ajeno y comprometerse con su solución.

No crean que estoy pensando recetarles los trillados ejemplos históricos de Gandhi o Martin Luther King. No, mi visión tiene más que ver con qué pasaría si entre nosotros hubiera personas comunes y corrientes como Greg Mortenson, un enfermero gringo que en vez de patalear por la discriminación que sufren las mujeres en las sociedades islámicas ha construido 55 escuelas para niñas en las regiones más inhóspitas y conservadoras de Pakistán y Afganistán (Three cups of tea). O si tuviéramos varios Uttam Sanjel, un joven cineasta hindú que lejos de lamentar la falta de recursos para infraestructura educativa se puso a construir escuelas de bambú en Nepal. O si hubiera entre nosotros jóvenes emprendedores como Thorkil Sonne, un MBA danés cuya empresa de soporte cibernético depende de las espectaculares capacidades intelectuales de los autistas.

Y también -no está de más decirlo- cómo sería México si en vez de abonar el desaliento, el pesimismo y el desencanto de la ciudadanía privilegiando los estériles e interminables pleitos entre políticos y partidos, hubiera en los medios más gente con la visión de los fundadores de la revista Ode -Juriaan Kamp y Heléne de Puy- cuya publicación aborda los problemas actuales no desde la cansada óptica del fracaso gubernamental, sino desde esa riquísima realidad ciudadana donde nacen las ideas constructivas e inspiradoras iniciativas que están contribuyendo a mejorar la calidad de vida de miles de personas alrededor del mundo todos los días.

Sin duda, México sería diferente con este cambio de enfoque pues como bien sabía el padre del optimismo inteligente, Ernst Bloch, una ciudadanía madura jamás espera que los motivos de celebración surjan del ámbito público, antes bien, nutre su esperanza sabiendo que entre los fracasos inevitables de la humanidad hay también inevitables historias de éxito puesto que el humano es el único ser capaz de usar la negatividad que lo rodea para conseguir que el mañana sea distinto del hoy.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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