Yin-Yang

Wu Wei para inversionistas


Dicen los taoístas que la mayor sabiduría a la que cabe aspirar es el “wu wei”, término contrario al “yu wei” (no pos si, ya me quedó clarísimo) o vano intento de someter la realidad a nuestra voluntad. Es decir, para los sabios orientales el mandato del Génesis en el que se basa la cultura occidental –aquel “someted la Tierra y enseñoreadla” del Yahvé bíblico- es la fuente de todas nuestras desgracias, pues querer que la realidad se pliegue a nuestros deseos no sólo produce efectos desastrosos sobre la Naturaleza, sino que genera estrés y sufrimiento (You güey, que te creías el rey del todo el mundo…). En contraste, el wu wei es “actuar sobre el acontecer” o, más sensishito, no oponerse a los designios de la Fortuna, si no actuar en sincronía con ella.

La recuperación de tan esotérica filosofía de vida me parece especialmente adecuada ora que, según me informan mis fuentes del Suplemento Club, en varias reuniones de gente otrora acaudalada (o sea, que el mes pasado tenía su guardadito en la Bolsa) en vez de aperitivos se sirven antidepresivos (¡Prozac en las rocas!) para olvidar los estragos producidos por el tsunami financiero que barrió con Wall Street (aplican restricciones y si no, pregúntenle a Onésimo quien, con sus 130 millones de dolarucos a $12.90 puede: o bien hacerse santo fundando comedores de caridad para los pobres que esta crisis va a producir a manos llenas; o bien darse el lujo de forrar en oro la “vocación cristiana” de una Jerarquía eclesiástica que por doquier enseña el cobre del que están hechos sus próceres).

Lo cierto es que no se necesita ser sabio oriental para ver que le hemos dado al dinero y a su generación una importancia inusitada (al grado de que sin lana algun@s ya quieren deshacerse del cónyuge o  hacer check out existencial anticipado), sin darnos cuenta que hay en el mundo mil cosas más importantes que el dinero (el problema –dice Groucho Marx- es que todas ellas son carísimas). Sin saber cómo, ni a qué horas, nos hemos vuelto lo que Karl Polanyi llama el “proletariado del consumo” que no es una clase social, sino una sociedad de almas empobrecidas, seres incapaces de entender nuestra existencia y felicidad en términos ajenos a la producción y consumo del mercado (La gran transformación, Ed. La Piqueta).

Nadie niega que el dinero sea importante en los tiempos que corren, lo que pasa es que la creación de una economía sustentable a nivel personal o nacional no radica en producir más bienes sino en tener menos deseos.  Y esto, aunque lo hayan repetido hasta el cansancio todas las filosofías y religiones del mundo, no es moralina barata: varios Premios Nóbel de Economía, entre quienes destacan Amartya Sen y John Kenneth Galbraith, coinciden en que producir o tener más no soluciona un problema que, en el fondo, no es económico sino existencial: “la producción masiva –dice el autor de la Sociedad Afluente- sólo sirve para llenar el vacío que ella misma produce”. O sea, a mayor dependencia del mercado, mayor el vacío existencial que padecemos.

Por eso, uno de los efectos más benéficos de la actual crisis financiera es el obligarnos a cuestionar la relación que nuestra felicidad guarda con el dinero y las compras. Y aquí viene muy a cuento la teoría del viejo Epicuro que, basándose en la sabiduría oriental del wu wei, nos propone una vida de placer modesto y honesto guiada por el ideal del hedonismo (mismo que, por obra y gracia de algunas oscuras artes medievales, llegó a ser sinónimo de un desenfreno y lujo con los que nada tiene que ver). Según el Epicuro original, la felicidad humana depende de lo que hagamos para satisfacer tres tipos de deseos: los naturales y necesarios, los naturales e innecesarios y los artificiales.

Los “deseos naturales y necesarios” también llamados el “grito de la carne” –comer, abrigarse, beber- son lo que de no verse satisfechos producen dolor o incluso la muerte (o sea, el celular no califica). A estos hay que atender principalmente, dice Epicuro, pues su satisfacción produce la aponía (ausencia de dolor) necesaria para acometer mayores cosas. Luego siguen los “deseos naturales y no necesarios” –salir el fin de semana con los amigos, irse de vacaciones, ir al cine o al estadio-, que si bien pueden quedarse insatisfechos sin amenazar la vida, ayudan a producir la euthymia o buen ánimo según los gustos y personalidad de cada quien.

Todos los demás deseos (comprar la Blackberry, el Mercedes o el Bulgari) son artificiales y más que satisfacción, producen el doble dolor de tener que trabajar bestialmente para adquirirlos y caer en la cuenta que la satisfacción que nos proveyeron ni valió la pena, ni fue definitiva. Así pues, en esta debacle financiera, en vez de partirnos la cabeza para mantener nuestro estilo de vida, mejor haríamos en recuperar la añeja sabiduría del wu wei que aconseja: si quieres ser rico, no te preocupes por aumentar tus dineros, más bien limita tus deseos, de lo contrario no habrá dinero suficiente en el mundo capaz de hacerte feliz.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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