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Minima Moralia


Hoy me presta el titulo una obra de Theodor Wisengrund Adorno, filósofo alemán que de haber sido asesorado por un experto en Marketing gringo habría subtitulado su publicación “Cómo preservar nuestra humanidad en la sociedad tecnológica”. De haber seguido esa estrategia de venta, el libro de Adorno seguramente habría logrado figurar entre los bestsellers de la mesa de novedades de Sanborn’s, en vez de servir de puro ídem en los rincones de la FIL a donde sólo llegamos unos cuantos curiosos.

El caso es que con el medieval título de ‘Minima Moralia’ o moral mínima, el libro (y mi artículo) tienen tantas posibilidades de ganarse la atención de los lectores como la rutinaria demostración de las mascarillas de oxígeno antes del despegue (ni quien pele a la sobrecargo). Y sin embargo, en el librito de Adorno está –en su más depurada forma (¡tres palabritas, tres!)- la fórmula que todos esos asiduos lectores de libros de auto ayuda, seguidores de religiones tradicionales y sectas esotéricas, filósofos morales y  ecologistas andan buscando para evitar la aniquilación de la paz mental, de la raza humana y del planeta (les doy 3 chances para que adivinen qué es).

No se trata de alguna religión, pues esas –con su exceso de dogmas y falta de espiritualidad característica- han salido más buenas para crear conflictos que para resolverlos; tampoco se trata de uno de esos breves y prácticos sistemas de ética en 18 tomos a las que somos tan afectos los filósofos, o algún un culto New Age en que baste seguir al gurú de moda para encontrar la iluminación interior y empezar –al más puro estilo de San Panchito de Asís- a dialogar fraternalmente con los animalitos del Señor (¿se dan?).

El remedio de Adorno para preservar nuestra humanidad en medio de la sociedad tecnológica es ni más ni menos que (tata-ta-chún ta-chún…) ‘aprender a fijarse’ o, lo que es lo mismo aprender a mirar (o escuchar) atentamente. En esto, y no en algún complicado decálogo o manual de buenas costumbres, consiste la moral mínima, una ética sin la cual no es posible vivir en paz ni con uno mismo, ni con los demás, ni con el planeta. Suena sencillito pero, como bien dice Goethe, no lo es: “¿qué es lo más laborioso para el hombre? Lo que parece más fácil: aprender a ver con los ojos lo que a la vista tiene.”

La cosa es que mirar o escuchar atentamente –o, lo que es lo mismo, brindarle a algo o a alguien nuestra atención indivisa- exige poner pausa el multitasking al que nos somete la vida actual y ralentizar el ritmo de vida cotidiano, porque la prisa no sólo es velocidad, sino sobre todo (como atestiguará cualquier agente de tránsito) incapacidad de fijarse o poner atención. Sólo quien no tiene prisa existencial, dice Adorno, “es capaz de cerrar una puerta de forma suave, cuidadosa y completa”, y solo quien es capaz de esa delicadeza –añade páginas adelante-  puede llegar a intuir el misterio de las cosas y, en consecuencia, respetar la Naturaleza, escuchar al amigo, cederle el lugar en el autobús a la viejita o darle el paso al trabajador que regresa a su casa a pie y cansado (mientras uno va al club a toda máquina en su lujosa camioneta), bajar el volumen de la fiesta para no molestar a los vecinos o ser hospitalario con un perfecto extraño (ni tan minimalista nos salió está ética, ¿verdad?)

Y es que sin el cremor tártaro que le han puesto siglos de discusiones bizantinas, la ética no es sino la capacidad de dar un trato adecuado a los demás, hacerles un traje a la medida con la tela de nuestra atención; es tener la sensibilidad para captar el trato que el otro requiere según su situación o estado de ánimo. Pero ese trato comienza –como bien saben los sastres, algunas madres y las religiones orientales- por atender con los 5 sentidos a la persona o situación que tenemos enfrente. Porque sin tiempo no se puede apreciar y si se falla en la apreciación, se fallará también en la ejecución. Quien siempre anda con prisas es como un elefante en estampida que machaca –sin quererlo ni saberlo- esas plantitas frágiles que son los sentimientos ajenos, la confianza, la amabilidad, la intimidad y la sabiduría. Y, por ello, quien no tiene la calma de atender al otro cabalmente acaba viviendo una  vida tan llena de actividades superficiales como vacía de sentido, pues nada de lo que vale la pena en esta vida se consigue sin atención.

Dicho esto, no crean mis dos lectores (y mi editora) que la actualidad periodística se me olvidó por completo y que este rollo nada tiene que ver con nuestra realidad. Al contrario: si a fin de cuentas la calidad de nuestra existencia depende, como sugiere Adorno, de la capacidad de atender lo que tenemos enfrente, juzguen ustedes qué calidad de leyes cabe esperar de unos diputados que no sólo se ufanan de traer hasta tres celulares al cinto (uno pa’l Partido, uno pa’ la vieja y uno pa’ los cuates), sino que carecen de la minima moralia (y educación) para apagarlos y atender con sus 5 sentidos (o los que tengan) la discusión de las leyes que van a votar.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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