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Héroes silenciosos


Ustedes no están para saberlo (más bien, ustedes no están y los que están traen tal sobredosis de ponche fiestero a cuestas que no dan señales de vida) pero en el agitado paraje de mis convicciones íntimas hay una que no ha cambiado en una década (y eso que las creencias me duran lo que un cono de nieve en Mayo) y esa es que las almas de los hombres buenos reencarnan en perros Labradores. Así es: su servilleta está convencida que no hay alma más noble en esta tierra que la de un chucho Labrador y por ello, en el modesto altarcito de su santoral, no falta nunca el can a quien dirigir sus plegarias.

En mi caso, y dado que en el 2007 perdí a mi mejor amigo, el Mahatma (alma grande) Sócrates I (santo súbito de mi Iglesia personal), en adelante puedo –al estilo de Erasmo de Rótterdam- finiquitar mis comunicaciones espirituales con un ‘séntido’ “Sancte Sócrates, ora pro nobis” (Santo Sócrates, ruega por nosotros). De hecho, y esperando no herir los castos ojos de algún creyente trasnochado que ose posarlos en estas letras, estoy convencida que Dios es un perro o algo muy parecido (razón de peso para dudar del Islam: según los hadiths, el Profeta odiaba a los canes).

Y es que verdad sea dicha, no hay en el mundo quien mejor cumpla la función de un amigo del alma que un perro (y en especial un Labrador). Todo lo que le pedimos al verdadero amigo –nobleza, inteligencia, paciencia, consuelo, bondad, diversión, ayuda, amor- nos lo provee un Labrador sin pedir nada a cambio. Un Labrador nunca estará demasiado ocupado para atendernos, ni nos quiere a condición de que le cumplamos sus caprichitos; jamás nos echa en cara nuestros defectos, ni nos ataca o muerde por muy rabioso que esté…

A un Labrador nunca hay que decirle: me siento triste. Lo intuye y viene a lamernos la mano en ese gesto de apoyo que no remedia nada pero nos hace saber que no estamos solos. Siempre está feliz de vernos y le da lo mismo si lo llevamos a un lugar caro o al más chafa de los parajes: lo importante es estar a nuestro lado. Quizá de mayor importancia para los tiempos que corren: un Labrador jamás nos defrauda, ni nos usa para sus fines personales, ni se acerca a nosotros bajo las formas de esa “hipocresía amistosa que haciéndose pasar por amistad, se regocija a nuestras espaldas hablando y escuchando perversidades que los demás dicen de nosotros” (Alberoni: La Amistad, Gedisa). Un Labrador, en definitiva, sabe ser amigo y sabe la importancia de serlo cabalmente 24/7.

Escribo esto no sólo porque tenía ganas de hacerle una elegía a mi difunto amigo Sócrates (que me enseñó a pensar a ras de suelo y a regocijarme en los juegos vespertinos de las golondrinas en vuelo), sino porque las virtudes terapéuticas de los Labradores son tan reales que el Ejército Norteamericano acaba de enviar a Iraq a dos de estos canes para combatir el estrés de la batalla que sufren los soldados desplegados en el frente. A partir de Enero, los sargentos primeros Boe y Budge –pues tal es el rango militar que les han otorgado a esta pareja de Labradores negros de dos años para evitar sean maltratados por sus pacientes (en su mayoría soldados rasos)-, serán parte de los equipos de Asistencia Médica del Ejército basados en Tikrit y Mosul.

Su misión no será ninguna de las que tradicionalmente se asignan a otras razas caninas entre policías y militares tales como operaciones de búsqueda y rescate, o ataque y defensa. No, los sensibles Labradores tendrán una misión del todo terapéutica: coadyuvar el tratamiento de desórdenes del sueño, trauma post-batalla y estrés asociado a las prolongadas estancias de los soldados en zonas de guerra. Y es que según un reporte militar, los altos mandos castrenses del vecino País del Norte están muy preocupados por el número de suicidios entre los soldados gringos que se incrementó de 11.9 por 100 mil en 1995-2002 a 17.3 por 100 mil en el último año (nytimes.com, Diciembre 19) y, no pudiendo deshacerse de esa lacra ambulante que es George Walker Bush, han tenido que echar mano del plan B de emergencia: enviarles a los odiados soldados del Imperio un ser con una capacidad de amar a prueba de balas, y una amistad que no se pandea en las buenas ni en las malas.

De ahí la decisión de mandar Labradores pues, a diferencia de los humanos (capellanes y psicoterapeutas incluidos), estos animales tienen unas virtudes cruciales para la terapéutica del alma: saben escuchar atentamente sin juzgar a los demás y no escatiman sus afectos según la raza, credo, color, religión, preferencias políticas y/o apariencia física de quien tengan enfrente (http://www.usatodoay.com). Al fin de cuentas, no deja de ser paradójico que tras mucho estudio y experimento, la psicología moderna se vaya desayunando con algo que los amantes de los Labradores hemos sabido siempre: que en un mundo plagado de odios y de gente tan injusta como mezquina, no hay mejor terapia para el alma que contar con un amigo fiel que nos quiera de veras y no sólo lo aparente de colmillos para afuera.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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