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¡Gracias, Ludwig Van!


El pasado miércoles se cumplieron 181 años de la muerte de Ludwig Van Beethoven a la tierna edad de 57 años (más o menos los que el Aclas lleva sin título). Entre muchas otras, esta es una fecha especial en mi calendario. Obvio que quienes desaprueban de mi panteón personal donde caben y cabrán los perros hasta que alguien me explique por qué un pájaro tonto y perrucho puede ser Dios y un perro Labrador fiel e inteligente no, (¿y la paloma, amá?), tampoco aprobarán que el santoral de mis devociones incluya a este compositor misántropo y rebelde. Ni modo, como Wittgestein, yo estoy convencida que “Mozart y Beethoven son los verdaderos hijos de Dios”. De hecho, cuando se apruebe la ley de voluntad anticipada voy a pedir me conecten a la Novena sinfonía y, en caso de no haber reacción, me corten el suministro de electricidá como al Reforma porque la vida no merece la pena ser vivida sin la capacidad de disfrutar la belleza.

Lo curioso en el caso de Beethoven y eso le hace acreedor a un altar aparte en mi Basílica de los Mártires virtual (en la que nadie está obligado a rezar, ni se aceptan millonarias “donaciones” de gobernantes mochos y vivillos que ni así irán al cielo, pues su “magnanimidad” con lo ajeno contraviene el pecado social de contribuir a la riqueza excesiva –en este caso la de la Iglesia- además de ser un robo en despoblado del dinero que los contribuyentes aportamos para otros fines sociales), es que su sublime música no nació entre los algodones de la vida religiosa, ni de un sentido piadoso de la vida. Por el contrario, Ludwig Van fue un alquimista capaz de hacer oro musical con los burdos elementos de la tragedia, la desesperación y el sufrimiento personales.

Y es que cuando recién le cayó el veinte de que su sordera era incurable, Beethoven se mudó a Heiligenstadt donde –en medio de la depresión más espantosa- escribió su famoso testamento, explicando su creciente “misantropía” como lo que era en realidad: un intento de esconder del mundo una tara física imperdonable en un compositor. Pero mientras se lamentaba de su suerte, Beethoven también escribió la Segunda Sinfonía en Do mayor, obra donde se prefiguran varios acordes del glorioso “Himno a la Alegría” de la Novena.

Sin duda puede decirse que Ludwig era un genio y que por ello triunfó pese a su sordera. Pero tan apresurado diagnóstico ignora que el genio es ante todo humano, y que como el de cualquier otro, su éxito profesional está basado en uno emocional (o espiritual). En realidad, no hay victoria más importante en la vida del compositor que la que obtuvo sobre sí mismo en esos días de 1802 en que supo sacar de su rencor contra Dios, contra el destino y contra el prójimo, música sin parangón (en mi humilde opinión).

Quizá Beethoven intuía –como hace la psicología transpersonal y humanista- que no era hurgando en su pasado ni echándole la culpa a los demás de su desgracia donde encontraría su plenitud; sino que la felicidad de una vida lograda la encontraría –como demuestran los recientes estudios de Mihaly Csikszentmihaly- en la lucha contra sus taras, en el reto cotidiano por superarse a sí mismo y en negarse a traicionar su innata vocación (Finding Flow). Y es aquí era donde quería yo llegar pues, afortunadamente, hay una creciente rama de la psicología que se ha separado del psicoanálisis para ir en busca de la plenitud y felicidad de personas que, como Beethoven, asumen las limitaciones impuestas por su pasado, personalidad y su entorno y que –pese a los obstáculos que enfrentan- encuentran la existencia apasionante y digna de ser vivida.

Estas personas –Abraham Maslow dixit- fundan consigo mismas y su entorno una relación donde no cabe esa crueldad, destructividad y odios viscerales que nacen de la frustración de las propias potencias y de los deseos insatisfechos de seguridad, entrega, identidad, amor, prestigio y respeto. En vez de alimentar el rencor y la hostilidad hacia los demás, estas personas dedican su energía a desarrollar sus propios talentos (pocos o muchos) al tiempo que “rechazan alegre y serenamente las estupideces e imperfecciones de su cultura, y buscan mejorar su sociedad a través del arte, la docencia y el diálogo” (El hombre autorrealizado, Kairós).

Así pues, el camino de Beethoven es el requisito sine que non del cambio social profundo y duradero, pues pasa por mejorarse a uno mismo en vez de intentar hacer el mundo a imagen y semejanza de nuestros rencores y traumas. O como dijo Simone Weil: “Sólo los fanáticos pueden dejar de valorar su propia existencia si no sirve a un fin colectivo. Por eso, hay que luchar contra la sumisión del individuo a la colectividad rehusando subordinar nuestro destino al curso de la historia y dando la espalda a la locura y el vértigo colectivo. Sólo así podrá cada uno por su cuenta y por encima del ídolo social, reanudar el pacto original del espíritu con el universo para beneficio de ambos”. Por recordarnos la primacía de ese pacto y enriquecer nuestra vida por contacto: ¡Gracias, Ludwig Van!

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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