19150828

Meditación de la Tierra


Podría ser el inicio de un chiste, ¿qué tienen en común Yahvé y Descartes? Desgraciadamente la respuesta no tiene nada de cómico pues ambos pilares de nuestra civilización comparten esa visión antropocéntrica a la que hay que achacarle que la Tierra sea candidata a convertirse en un ardiente comal. No les miento: el desastre ecológico que amenaza con reducir en 50 por ciento los recursos naturales per cápita antes del 2050 lo venimos fraguando desde el Génesis. De hecho, en los versículos que inauguran la Biblia Yahvé nos dio la mejor receta para acabar con el Planeta: “creced y multiplicaos” y “someted la Tierra” (Gen 1:28). Y si en otras cosas pecamos de desobedientes en el asunto de multiplicarnos cual conejos en primavera hemos hecho todo lo contrario: nomás en las próximas 30 horas nacerán 250 mil seres humanos a los que la Tierra ya no tiene capacidad de alimentar ni con caldo de pollo homeopático pues la sequía e irracional sobreexplotación a la que la hemos sometido la han dejado exhausta.

Esta segunda cuestión tiene todo que ver con el padre de la filosofía moderna, René Descartes. Y es que, como bien anotó Heidegger, al padre del racionalismo detonante de la Revolución Industrial se le barrió por completo incluir una categoría de pensamiento en su ecuación. Según René sólo hay dos tipos de seres en el mundo: los humanos (res cogitans) y las cosas (res extensa). De ahí que si algo no es humano, es cosa sujeta a nuestra muy chicharronera voluntad de hacer y deshacer con él lo que nos venga en gana (y para muestra los perros de azotea que sus dueños tratan como si fueran viles alarmas).

Esta forma de pensar ignora olímpicamente esa categoría de seres que, a falta de mejor terminología yo llamo Seres Vivos No Humanos: plantas, árboles, animales, insectos, peces, etc, cuyo derecho a vivir en esta tierra es idéntico o quizá superior al nuestro. Y nadie se rasgue las vestiduras pensando que voy a poner la salvación de las ballenas por encima de las vidas humanas, pero que el derecho de las demás especies es superior al nuestro lo prueba que nosotros no somos viables sin ellos; mientras que a ellos seguro les iría mejor si nosotros desapareciéramos. Somos, como quien dice, las rémoras del Planeta.

Rémoras que por falta de una categoría de pensamiento (amnesia, dice Heidegger) nos hemos acostumbrado a tratar a los Seres Vivos No Humanos como objetos, al grado de que incluso los ecologistas más “vanguardistas” no pasan de esa mentalidad de propietarios que supone que la Tierra, sus especies y ecosistemas son posesiones que –como la joya de la abuela- hay que cuidar para heredárselas en buen estado a nuestros engendritos, mismos que habiendo heredado la mentalidad utilitaria de sus progenitores seguirán sacándole jugo a su gusto y conveniencia.

Pero el auténtico ecologismo no va por ahí. No se trata de seguir creyendo que somos dueños del Planeta sino de empezar a comprender que somos sus huéspedes. O como decía el Jefe Seattle de los Lakotas: “el hombre no tejió la red de la vida, sino que es un hilo más en su magnífico tapiz”. En términos más prosaicos, de lo que se trata –y no se va a lograr en una Cumbre o por decreto político- es de recuperar esa raíz común que une a la ecología con la economía.

Y es que “eco” viene del griego oikos, hogar, de tal modo que resulta estúpido contrapuntear el conocimiento (ecología) de la Tierra con las leyes (economía) de su explotación pues ambas apuntan al cuidado y buena administración de ese hogar común (planeta) que hace posible nuestra economía doméstica. Sin ecología o, lo que es lo mismo, sin conocimiento y respeto de los ritmos del Planeta no puede haber economía, uso racional. O dicho de otro modo: si seguimos como hasta ahora subordinando el bienestar del planeta a las leyes de la oferta y la demanda en vez de empezar a hacer lo contrario, muy pronto todos nos vamos a quedar en la calle y sin nada que llevarnos a la boca.

Sin duda resultados de cumbres ecológicas son desalentadores porque nos muestran la cara de esa lógica política moderna que no sabe dar paso sin guarache (me comprometo a ayudar sólo si me dan lana), pero como dice Paul Hawken en su magnífico libro Blessed Unrest (Bendita inquietud) esa cara apocalíptica no es la única que tiene el movimiento ecológico. De hecho para Hawken los políticos tradicionales, los analistas mediáticos y los pesimistas en general están por llevarse una sorpresa similar a la Caída del Muro de Berlín pues han desestimado el peso de un activismo que, sin líderes visibles ni organización central, están tejiendo cibernéticamente una red de decenas de millones de personas alrededor del mundo capaces de presionar –por medio del boicot al consumo- a las empresas y países más contaminantes para que adopten tecnologías y filosofías conducentes al desarrollo sustentable.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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