Hábitos del corazón


Cuando en 1831 el politólogo francés Alexis Clérel de Tocqueville viajó a EU para analizar la democracia americana, llegó la conclusión de que el gobierno de leyes e instituciones no de debía a los políticos o a la fuerza pública eficiente, ni al “melting pot” del vecino país del Norte. Lo que hacía posible la democracia en cualquier latitud era el carácter de un pueblo o, lo que el galo poéticamente llamó sus “hábitos del corazón”: las virtudes morales e intelectuales de su gente.

Tras pasearse a sus anchas por EU, Tocqueville regresó a Francia con una misión pedagógica para los intelectuales: “estoy convencido –escribió- que si no educamos a todos los ciudadanos en esas ideas y sentimientos que les preparen para la libertad y luego les permitan su uso, no habrá independencia para nadie: ni para el burgués ni para el noble, ni para el rico ni para el pobre, sino una tiranía igual para todos (…) bajo el poder ilimitado de uno solo” (Democracy in America).

No andaba muy errado el compa de Tocqueville: a dos décadas de escribir su profecía, Francia fue sacudida por la Revolución popular de 1848 y por el golpe de Estado que llevó al poder a Napoleón III.

Si bien Tocqueville admitía que el trágico fin de la democracia francesa se debía a muchos factores, buena parte de la culpa del adviento de la dictadura se la endosó a los intelectuales. Fueron ellos quienes, lejos de fomentar un humanismo rico en esos “hábitos del corazón” que incluyen el diálogo, el respeto, la escucha atenta y la humildad para reconocer sus errores, se subieron al carro de los reyes y los revolucionarios olvidándose que cuando en política se pretende tener certezas, aparecen  la teología y la ideología, antítesis de la democracia.

Olvidarse del carácter frágil de sus posturas políticas y desentenderse de esos “hábitos del corazón” necesarios para la concordia era, para Tocqueville, sinónimo de una traición que convertía al intelectual en “inteligentsia”: una casta de pensadores que no pudiendo convencer con las razones frágiles y falibles de su pensamiento se hacían portavoces de reyes y rebeldes.

Digo esto porque me pregunto si la mayoría de nuestros intelectuales no se habrán convertido ya en inteligentsias: sacerdotes y sacerdotisas de la UVV (Única Vociferante Verdad) que en su afán por decirnos qué pensar han olvidado cómo, por qué y para qué se piensa.

Pá empezar vamos al inicio: ¿alguna de nuestras vacas sagradas recuerda lo qué es ser intelectual? A falta de espacio me voy a colgar de la hermosa definición de Sir Karl Popper: intelectual es quien busca ilustrar, no deslumbrar; quien es consciente de que se puede equivocar y respeta la autonomía e independencia del otro demasiado como para imponerle sus convicciones (La responsabilidad de vivir).

Ser intelectual no es pontificar sobre lo que debe hacerse, ni ser sacerdote de este o aquel Mesías: es recordar que en las iglesias de las mayúsculas (Dios, Patria, Izquierda, Derecha, Verdad, Petróleo) el intelectual está llamado a ser hereje y no monaguillo.

Contrario a la extendida opinión de que pensar es un hábito de la cabeza, el pensamiento tiene su origen en el corazón. Pensamos –dice Heidegger- sobre lo que nos importa y esa agenda la define el corazón.

Pero el músculo cardíaco no sólo propone los temas a los que les dedicamos nuestra neuronal energía, sino que el auténtico pensar es siempre un ejercicio de cardiología: como la sístole y diástole que expanden y contraen al corazón permitiéndole dar y tomar vida alternativamente, el pensamiento se nutre en su apertura a las razones de los demás. Una razón que sólo se escucha a sí misma o a quienes piensan como ella, es una razón enferma.

Quien piensa, ama –decía Jung- porque para comprender al otro hay que encogerse uno mismo; hay que callar para escuchar; retroceder para invitar; y hay que admitir esa ignorancia que se traduce en disposición para enriquecernos con las ideas de los demás. Cuando nuestros intelectuales recuerden que pensar es un hábito del corazón, quizá vuelvan a ser voces dignas de atención y no un mero eco de consignas e intolerancias callejeras.

Publicado originalmente en el Diario Mural del Grupo Reforma.

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