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El Ornitorrinco o Apología de la Introversión


Confieso que no soy my fan del “Feisbuk” (mismo que, a juzgar por algunas de las fotos que circulan, bien se podría llamar  Feis Bruj): la idea de tener 400 mil “amigos” me da más escalofríos que aquella canción de “yo quiero tener un millón de amigos…” . Simplemente imaginar que tengo que darles mantenimiento a diario: informarles qué comí, donde anduve, qué estoy leyendo o con quien paso mis horas me produce paranoia y angustia existencial.

Mi médico-brujo de cabecera (Carl G. Jung) dice que ha de ser porque soy parte de ese pequeño porcentaje de seres humanos (2%) que raya en la extrema introversión. Poquito más y nos diagnosticaban Síndrome de Asperger.

Pero lo nuestro no es enfermedad, ni somos raritos (aunque a los extrovertidos les parezcamos bastante extraños). Los introvertidos somos 25% de la población mundial.

Y lo que nos distingue es que no nos gusta ser objeto de curiosidades ajenas, ni nuestro pasatiempo favorito es el chisme o la fiesta. Derivamos energía de nuestro universo interior de ideas y emociones privadas. Preferimos pasar nuestro tiempo libre solos en algún proyecto, lectura o juego que nos abstrae por completo de la faz de la Tierra. Y si somos así no es por  timidez, ni por aguadez o por una altanería digna de la Bikina. Lo nuestro es genética.

Lo que sucede es que mientras la mayoría de las personas que nos rodean son como paneles solares -derivan su energía de estar a la intemperie social la mayor parte del tiempo-, a los introvertidos la constante convivencia nos agota. Nuestro temperamento tiene más que ver con las baterías recargables que necesitan sus ratos de paz y soledad para jalar (y como en todo: unos más que otros).

Pero héte aquí que el mundo moderno está hecho por y para los extrovertidos: son ellos los que acuden a los espectáculos, circulan chismes, van a todos lados, conocen gente, tienen chorromil amigos de Feisbook y “se divierten”. Son ellos los que hacen las delicias del marketing: compran, consumen, van. Y quizá por ello el mundo extrovertido los percibe como “más felices” que a los introvertidos y hasta los ha convertido en modelos a seguir (y cómo no: si el mundo fuera introvertido no habría mucha gente en los cafés, bares, antros, conciertos, y demás lares ha donde uno va a “conocer gente”).

De hecho, hasta hace unos años, era común que en los tests psicológicos  los extrovertidos sacaban mejores calificaciones de “felicidad” que los introvertidos. Y como no iba a ser así, si los tests habían sido diseñados por extrovertidos y otorgaban más puntos a respuestas del tipo: “me gusta estar con gente”, “mi actividad favorita es platicar”, “jamás me quedó en casa en Viernes por la noche”, etc… (Otto Kroeger & Janet Thuessen: Type Talk).

Pero  es bien sabido que en esto de la felicidad el Cielo de una persona bien puede ser el Infierno de otra, y a los introvertidos las actividades recomendadas para lograr mayor felicidad -conocer gente, andar del tingo al tango, inscribirnos al Feisbuk- nos dan erisipela pues esta receta de “felizología” ha sido creada por y para extrovertidos.

Y si bien los introvertidos nos adaptamos admirablemente a la vida en un mundo extrovertido (no nos queda de otra), en nuestro fuero íntimo somos como el Ornitorrinco de aquella fábula australiana al que los animales querían convertir en uno de ellos:

Un día, los mamíferos invitaron al Ornitorrinco a ser parte del reino animal pues tenía pelo y caminaba sobre la faz de la Tierra; para no quedarse atrás, las aves lo convidaron a ser parte de su mundo porque tenía pico, ponía huevos y tenía patas de pato; y los peces lo quisieron catalogar entre su especie pues sabía nadar y pasaba buena parte de su tiempo bajo el agua.

Tras considerar cada una de estas invitaciones, el Ornitorrinco los convocó a todos y les dijo: “Amigos, me honrar sus deseos de contarmeentre sus filas, pero aunque coincido con ustedes en alguna actividad; al final del día ni soy mamífero, ni soy ave, ni soy pez y, tratar de vivir como uno de ustedes sería traicionar lo que soy y, sé con certeza que no podría ser feliz viviendo a su manera”.

Así los introvertidos: aunque podemos vivir en un mundo de extrovertidos, no está en nuestra naturaleza estar con gente las 24/7 y somos más felices siendo nosotros mismos. Nuestro ideal de felicidad se parece más al del Viejo Epicuro: ¡Lathe Biosas! Vive en lo oscurito, habla sólo necesario, reserva tus pensamientos, ocúpate de tus asuntos, tómate tu tiempo, ten pocos amigos pero muy buenos, goza de los placeres simples de la vida y sé juez de tu propia valía.

Claro que en una época donde la necesidad de ser conocido, reconocido y compartir hasta los más nimios detalles de la propia vida (qué comí, qué me hizo daño, a qué horas me acosté, con quién, etc) es ya una epidemia -al día de hoy Feisbuk tiene 700 millones de usuarios-, el viejo ideal de Epicuro suena a herejía.

Pero -como bien dice Marti Olsen en su magnífico libro The Introvert Advantage– la felicidad es un estado subjetivo y no hay que confundirla con alharaca: sin hacer tanto escándalo, el introvertido goza de sus actividades favoritas tanto como el extrovertido de las suyas.

Así que la próxima vez que te topes con un introvertido: no le tengas lastimita como los animales al Ornitorrinco, ni pretendas hacerlo disfrutar la vida a tu manera. Mejor déjalo ser y seguro su aprecio por ti aumentará exponencialmente. Así “semos” los Ornitorrincos.

Foto: Urville Djasim, Flickr.

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