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El Santo Patrono del Fundamentalismo


Dice la Iglesia Católica que los homosexuales no van al cielo por que su elección de amores “ofende a Dios”. Ante tan fulminante certeza uno se queda pensando: ¡Pobre Dios! Si es que realmente existe, debe ser horrible para el Creador del Universo, la Vida y el Amor que lo hayan encogido a visiones tan miopes y miras tan estrechas como las de los eclesiásticos.

Debe ser indignante para Él que Su vocero sea ese fariseo con vocación inquisitorial que fue Saulo de Tarso (Hc 8:3) en vez del Hijo que mandó a predicar el amor al prójimo y el cuidar la paja en el ojo propio antes de andarse fijando en el ajeno. Debe ser decepcionante que se haga de Él una caricatura a imagen y semejanza de los diminutos prelados de la Iglesia Católica y que su Infinita Misericordia se equipare a la muy comodona conveniencia de los curas (que si van al cielo aunque sean pederastas).

Lo que los curas ignoran (o quizá nunca han sabido pues su estrechez de miras no les deja ir más allá de sus propios dogmas) es que según el misticismo Sufí –basado en el concepto cristiano de “Dios es Amor”-, Dios no se ofende por ésta o aquélla conducta o preferencia; lo que ofende a Dios según Rumí es la falta de amor al prójimo (pregunta retórica: si Dios es inmutable ¿cómo puede ofenderse, o lo que es lo mismo, cambiar de estado de ánimo?).

De hecho, según la versión persa del mito de Lucifer, el ángel caído fue condenado a los infiernos por que en su amor extremo y exclusivo a Dios se negó a amar al hombre (J. Campbell, Myths to live by).

Dicho de otro modo: al rechazar otro amor que no fuera su muy particular concepción de Dios, Satanás se convirtió en el santo patrono de los fundamentalistas: un ser tan enamorado de su propia teología que es incapaz de amar a la Creación de Dios con toda su problemática y diversidad.

Lejos de seguir el ejemplo de Cristo de amar y convivir con publicanos, prostitutas (y gays), este Lucifer persa prefiere odiarlos, condenarlos y vedarles ese Paraíso al que, según él y sus muy fundamentalistas seguidores, sólo deberían entrar quienes piensan y viven como ellos han decretado (NRDA a la Gloria).

El problema –o más bien la modernísima moraleja del cuento sufí- es que quienes aman a su concepto de Dios por encima de todas las cosas no entran a ese Paraíso cuyas puertas tan soberbiamente suponen controlar. Porque cuando se pretende amar a Dios al margen y por encima del prójimo, lo que se ama es un concepto teologal, una doctrina, un dogma.

Y la historia está llena de ejemplos de lo que pasa cuando la fe se pone por encima del ser humano concreto: en vez de ser fuentes de amor y luz, los superamantes de la ortodoxia siembran odio y discordia (piensen en los medievales quemando personas, o los talibanes ejecutándolas).

Detestan al que no piensa como ellos, condenan al que no ama como ellos, persiguen al que no cree lo que ellos han decretado debe creerse.

De hecho, el lenguaje mismo remite a la raíz de esta soberbia suprema pues la palabra “diabolon” significa en griego “el que divide o rompe” y es lo contrario del “symbolon”, el que une a la comunidad mediante ese amor a Dios que se expresa a través del amor incondicional a los hombres (gays o no).

A los amantes de Dios a ultranza como los fundamentalistas la vida se les va en tratar de hacer desaparecer lo que ellos odian (en nombre Dios, obviamente), al grado de que posponen la práctica de la caridad y se obsesionan con la construcción de una “sociedad mejor”, término que implica siempre “purificar” la que existe o, lo que es lo mismo, eliminar esas “lacras” que no son de su agrado: los herejes, los gays, los judíos, los negros, y todo lo que ofenda –no a Dios- sino a su muy particular y fundamentalista sensibilidad personal o de grupo.

Irónicamente –dice el poeta persa Hallaj- son estos “superamantes de Dios” los que, como Satanás, se condenan a sí mismos a vivir lejos del amor divino pues su existencia se vuelve inseparable de su fobia. En vez de dejarse guiar por el amor divino (ese que disculpa siempre, es paciente, no juzga, etc), es su odio al hombre lo que ocupa sus pensamientos y rebosa su corazón.

Como el Lucifer persa los fundamentalistas no aman al ser humano tal como Dios lo hizo (o sea libre), e incluso odian a Dios por amar incondicionalmente a tan lastimosa criatura como es el hombre. Como Satanás, ellos ven a un ser humano despreciable y limitado a esa función (sexual o intelectual) que ellos abominan y que, dicen con esa arrogancia sectaria de San Pablo, Dios tampoco tolera (¿dónde dice Cristo semejante barbaridad?)

A estos amantes de la ortodoxia aparentemente se les olvida el dicho de su idolatrado Doctor de la Iglesia, Tomás de Aquino: “Dios supera infinitamente todo lo que el hombre pueda decir de Dios”. Y, por eso, en la soberbia pretensión de que Lo representan y hablan por Él, suponen que también Dios sufre esa soberbia neurótica que aqueja, según Freud, a quienes habiendo perdido la capacidad de amar al prójimo quisieran someterlo a los dictados de sus amargosos, mezquinos y purpurados egos.

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