Zen stones pyramid on water surface, green leaves over it

13. ¿Qué sonido hacen las rocas al crecer?


Hay una disciplina psicológica que está creciendo en silencio. Todavía no tiene nombre, pero los que saben comienzan a llamarla “administración de la atención” (attention management) . Esta ramita de la psicología nace a la sombra del estudio del Síndrome de Atención Deficitaria (ADD) y aunque el nombrecito huele a que le van a querer sacar lana en el mundo corporativo y educativo, lo cierto es que los principios de esta nueva disciplina son bastante sencillos y tienen mucho que ver con lo que estamos tratando de hacer aquí: aprender a pensar (por si Herr Alzheimer ya les quemó el disco duro).

Según los adeptos de esta nueva ciencia, no hay en el mundo moderno habilidad más importante que aprender a administrar nuestra atención o, lo que es lo mismo, aprender a mandar sobre nuestro cerebro. En un mundo pletórico de distracciones es fundamental, dicen los estudiosos, decidir nosotros mismos -con deliberación y por anticipado- qué pensamientos queremos tener, explorar o profundizar en vez de andar por la vida dejando que sean los estímulos accidentales (el otro día me topé con fulanita y me dio por pensar que…)  los que determinan el contenido de nuestra confusa, profusa y difusa neurona.

De hecho, esta habilidad es tan importante que más de un científico está llegando a la conclusión de que William James, el  psicólogo americano de principios del siglo 20, tenía razón cuando escribió aquello de que “tu vida -lo que eres, lo que piensas, lo que sientes, lo que haces y lo que amas- es el resultado de aquello a lo que le has puesto atención”. O dicho de otra manera: tu vida hasta aquí ha sido moldeada por aquello que has atendido y… aquello que has ignorado (Karma, anyone?)

No puede ser de otra manera: pese a sus enormes capacidades, el kilo y medio de materia gris (promedio) que los adultos tenemos entre ceja y oreja sólo puede procesar una parte infinitesimal de los estímulos que recibe segundo a segundo. Como si fuera el comensal de un suculento, diverso e infinito banquete, el cerebro tiene que elegir qué se come de todo lo disponible. Y es la atención la que le sirve una rebanada de esto, un pedazo de aquello, una cucharada de lo de más allá.  Dicho en la lacónica fórmula de Winifred Gallagher: “la atención condensa EL Universo en TU universo”.

He ahí su importancia y también la urgencia de aprender a enseñorear nuestros procesos mentales para saborear los mejores manjares de la realidad y no sólo la chatarra mediática y demás meditaciones babosas de nuestro Mono Enjaulado.

Y es aquí donde viene a colación el título de este “post” (Ruiz Arriola Airlines anuncia la llegada de su vuelo 346…): “¿Qué sonido hacen las rocas al crecer?”

Porque ocurre que aprender a administrar nuestra atención tiene mucho en común con aprender a escuchar y aprender a escuchar es sinónimo de aprender a pensar. “Pensar -dice nuestro guía y gurú Heiddeger- es, por encima de todo, saber escuchar”.

Guau! Saber escuchar. Una habilidad que -según mis fuentes- dejó de estar de moda allá cuando se hundió la Atlántida. Hoy “medio oímos” pero no escuchamos. Y la diferencia entre una y otra cosa está en la atención: quien oye tiene la atención dispersa entre lo que trae en la cabeza, el timbre del celular, el tráfico, lo que va a contestar en la conversación, etc. Quien escucha, atiende.

Bonita palabra esta de “atender” que -según la Real Academia- significa esperar, aguardar, acoger favorablemente, considerar y/0 cuidar. Verbos todos que implican salirme del monólogo de mi ego para prestarle atención a otro.

No importa que ese otro sea inanimado, como una roca. Lo importante es la huella que el esfuerzo por atender a alguien más que a nuestro llorón y presumido ego deja en nosotros: nos hace receptivos.

Por eso en la tradición Zen el primer ejercicio de quien quiere enseñorear su mente es sentarse a escuchar el sonido de las rocas creciendo. Se trata de cultivar nuestra capacidad receptiva y poner atención absoluta e indivisa al silencio -apreciarlo, paladearlo, ver si, como dijo Sting hace poco, es “la mejor música del Universo”. Y de ahí ir practicando con otras cosas: el canto de un pájaro, las notas de una sinfonía y si, también, las palabras y gestos de esa persona que tenemos enfrente y que siempre” medio oímos” pero que jamás escuchamos por andar demasiado pre-ocupados.

Para leer más:

Winifred Gallagher: Rapt. Attention and the Focused Life. Traducción disponible aquí.

Imagen: © Konstantin Sutyagin – Fotolia.com

4 comentarios en “13. ¿Qué sonido hacen las rocas al crecer?

  1. Por eso el mero mero de los católicos, cristianos y demás fauna, don Jesús de Nazareth (pueblucho despintado: Natanael dixit) se dedicaba buenos ratos al silencio,al desierto y desintoxicarse de las ingenuas burradas de Pedro, Judas, Benedictos y demás…

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