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18.- Receta para ser creativos


Miras por la ventana o lees un libro y no falta quien llegue a interrumpirte porque “no estás haciendo nada” (Grrrr!). Se nos olvida que esos minutos en los que no “hacemos nada” son los que nos hacen a nosotros. No son productivos, pero si altamente provechosos.

“Las horas más importantes de nuestra vida -decía el Gran Fritzi (Nietzsche)- son nuestras horas más silenciosas”.

Lao Tzu lo apoya: Una de las ideas recurrentes en su Tao Te Ching es que esta “nada” que los Occidentales despreciamos es el suelo nutricio de todas nuestras ideas: sólo donde no hay “nada” puede haber movimiento, sólo donde no hay “nada” puede crecer algo nuevo, sólo donde hay silencio puede haber sonido, sólo donde hay reposo puede incubarse nueva vida.

La “nada” es para Lao Tzu, “la madre de las 10 mil cosas”, el Yang o principio femenino del Universo: una generosa matriz que -precisamente por”estar desocupada”- crea, nutre y da vida.

En contraste, el principio masculino (Yin) sobre el que esta basada nuestra civilización Occidental es acción, dinamismo, movimiento. Está lleno, rebosa.

Uno y otro se necesitan: si no hubiera silencio, no habría sonido; si no hubiera reposo, no sería posible el movimiento; si no hubiera espacio no habría escenario para la acción; si no hubiera incubadora, no habría vida.

Algo similar ocurre con la creatividad humana: requiere armonía entre tener ideas y darles tiempo y espacio para incubarlas.

Porque ya vimos en este post que creatividad es sobre todo la habilidad de manipular ideas, experimentar con ellas, hacer conexiones, organizarlas de modo distinto, inesperado.

Pero para hacer combinaciones primero tenemos que tener algo que combinar, para reinterpretar los hechos tenemos que tenerlos y para jugar con teorías o conceptos tenemos que haberlos comprendido. No por nada Ludwig Wittgestein decía: “el límite de mi mundo es el límite de mis conceptos”. Sin conceptos, conocimientos o datos mi mundo se acaba en la Calzada Independencia (o en las páginas del ¡Hola!)

De ahí que  una de las modas más lesivas a la auténtica creatividad es la que supone que “ser creativo” implica ser espontáneo, ver qué se te ocurre.  Los grandes creativos jamás han sido espontáneos, ni sus obras “ocurrencias” del momento: todos los Grandes Maestros  lo fueron tras largos años de estudio, imitación, intento. (Y si no me creen leánse este magnífico libro)

Miguel Ángel alguna vez dibujó con Crayolas (o similares) y Beethoven inció su carrera imitando a Haydn y Mozart (nomás escuchen sus dos primeras sinfonías y verán que no miento). En  el Renacimiento un artista se graduaba cuando creaba una “obra maestra”  que no era otra cosa sino la demostración de su dominio de las técnicas de su arte (Yin).  Solo entonces tenía licencia para para innovar (Yang).

A lo que voy es que la creatividad, el estudio y el trabajo duro van de la mano. El Yin de los conocimientos requiere al Yang del ocio. Sin ambos no hay creatividad.

Así que si queremos ser creativos -en lo mucho o en lo poquito- ya tenemos la única receta que existe para serlo: llenemos la mente de ideas nuevas, distintas, diversas; démosle a nuestro cerebro una dieta mental variada y trabajemos mucho y duro en nuestro proyecto; y después, hagamos en nuestros atiborrados horarios un ratito para no “hacer nada”.

Porque como han comprobado decenas de experimentos y experiencias “eureka” (esas que ocurren en la regadera): cuando tras haber trabajado mucho en un proyecto no hacemos “nada”, es cuando ambos hemisferios del cerebro más chambean.