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20.- El Difícil Arte de Dejar Ser


Hasta aquí hemos hablado de lo que el cerebro puede hacer con los datos que le llegan por los sentidos y que, aunque son muchísimas cosas, he elegido agruparlas en dos: el Pensamiento Crítico y el Creativo. O, para ser más exactos, tratar de delimitar la realidad (Crítica viene del griego Krineos, delimitar) y tratar de expandirla que -si hemos de creer a Einstein- es la labor del pensamiento creativo (hacer más combinaciones con lo que hay).

Ahora vamos a entrar al dominio del Pensamiento Ontológico o Sabiduría y aquí la cuestión es la contraria: más que tratar de hacer ALGO con la realidad se trata de no hacer NADA con ella, dejarla ser (Let it be) como cantaban los Beatles en los 60s .

Pensar, en este tercer sentido, dice Heidegger no es tratar de hacer más o menos con la realidad sino “abrazar una cosa o persona en su esencia: amarla, favorecerla, otorgarle su propia esencia como regalo, dejar que se desenvuelva hasta dar cumplimiento a todas las posibilidades de su origen, dejarla ser” (Letter on Humanism).

Suena sencillo, pero -como cualquier madre puede testificar- amar así la realidad,es bastante complicado porque se trata de animar a crecer y, en la misma medida, respetar al otro (algo que, como se ve en la película “El Árbol de la Vida” se nos da más a las viejas que a los hombres).

De hecho, tanto en Oriente como en Occidente, este dejar ser constituye un hábito de esos que se forjan a lo largo de toda una vida. En el Dao De Jing “dejar ser” se llama Wu Wei (no acción) y es la característica de la “Madre de Todas las Cosas”, el generoso Tao.

En Occidente, a este pensamiento enamorado del Ser y sus posibilidades Heidegger le dio por nombre Seinlassen (dejar ser) y lo entronizó como la virtud que más necesita el hombre moderno si quiere aprender a habitar la tierra (de ahí el nombrecito de pensamiento ontológico: pensamiento que ama al Ser tal cual es).

Y es que no podemos negar que en algún momento los modernos perdimos la brújula existencial e hicimos de la vida una carrera para ir, como los antiguos atletas olímpicos, “Citius, Altius, Fortius”: Más rápido, más alto, más fuerte. Pero mientras nos esforzábamos por lograr más y llegar más pronto, perdimos -cual paciente de Alzheimer’s- noción de a dónde íbamos (‘On toy? A onde voy?).

Se nos olvidó que nuestra maravillosa tecnología, enormes fortunas y gran aceleración de vida tendría que habernos hecho más -iba a decir “más felices”- pero prefiero poner “humanos”.

Más humanos.

O, lo que es lo mismo, más en armonía con nosotros mismos, con los demás, con el Planeta y con esos grandes olvidados de la Tradición Occidental que a mí me gusta llamar los SVNHs,  Seres Vivos No Humanos: insectos, plantas y animales, que -me vale lo que digan Descartes y Yahvé- no existen para nuestro uso y deleite, sino que poseen derecho propio a los recursos planetarios y a una existencia plena.

Y es aquí donde el Pensamiento Ontológico o Sabiduría hace su graciosa aparición, pues si no ejercitamos esa parte del cerebro cuya función es simple y sencillamente ser hospitalarios a la realidad -recibirla, saborearla, acogerla- nomás no pasaremos de ser ese “proletario” que Josef Pieper describía, no en los términos económicos de Marx (el obrero sin capacidad de ahorro), sino en los escalofriantes términos de un “funcionario de alma empobrecida” que nada ve y nada sabe apreciar del maravilloso banquete que a diario nos pone enfrente el Universo.

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