portable-cell-phone-booth

¿Llamó Usted?


Estoy segura que a tod@s nos ha pasado: estás embebid@ en una sabrosa conversación, una trascendente discusión y/o una cita médica o bancaria cuando a tu interlocutor le suena el celular y el timbre tiene sobre su amo el mismo efecto que las campanitas de Pavlov tenían sobre sus perros (babas, babas, babas).

Entre estímulo y respuesta no hay ni un parpadeo: si el celular suena hay que atenderlo como si fuera el más urgente llamado de la naturaleza. No importa que frente a nosotros esté una persona de carne y hueso que se molestó en desplazarse para vernos y platicar con nosotros; el que llama lleva prioridad.

Poco importa que estemos enfrascados en una conversación íntima o divertida, interesante o trágica o que estemos pagando por el tiempo del doctor o empleado bancario. Las lágrimas de la amiga que nos está contando su divorcio pueden esperar, el colofón del chiste también, el negocio que nos está proponiendo ya lo retomaremos, el diagnóstico o contrato pueden esperar: lo que urge es atender el celular como si fuera bomba a punto de explotar (y más de alguna señora tilichenta -de esas que cargan hasta la plancha en la bolsa- ya hubiera perdido la vida de aquí hasta que lo encuentra).

Para el interlocutor del celulo-adcito no hay nada qué hacer: si sonríe comprensivamente esperando que le den su lugar por estar ahí enfrente, por haber pedido cita, por haber acordado con anterioridad disponer de ese tiempo para  platicar con el cuate o amiga, más vale que se resigne porque el celular es más importante que cualquiera de nosotros. Así que mejor usar ese tiempo en hacer una meditación Zen para dominar el ego -repitiendo “no eres nada” como mantra- o de plano sacar nuestro propio celular para leer textitos o checar la bazofia mental que circula en el Twitter.

El resultado de tanta “comunicación” es que nuestra vida cada vez se parece más una congregación de autistas: estamos juntos físicamente pero cada quien está tan embebido en su propio universo celular que no hay posibilidad alguna de comunicarnos con los que nos rodean. Hemos llegado a la incomunicación por la vía de la hipercomunicación (pos qué chido, no?)

Nomás por mor a la estadística, la próxima vez que vayan a un café o restaurante cuenten las mesas en que hay al menos un comensal pegado al celular (hablando o MENSAjeando, con enfásis en el mensa…) e ignorando olímpicamente a los que dispusieron de tiempo y se desplazaron (algo cada vez más complicado en nuestras ciudades) para departir con él.

Yo hace rato descubrí que la mejor estrategia para discutir algo importante es llamar sin previo aviso al celular pues quien llama de improviso y sin el más mínimo respeto por el tiempo del otro siempre resulta mejor atendido que quien educadamente hace cita o pide audiencia.

Y es que quien llama así -cuando le da la gana y sin el más mínimo respeto por el tiempo ajeno- se convierte en amo instantáneo: asume que estamos ahí para servirle, picándonos las narices sin nada que hacer más que esperar su telefonazo (¡ni que fuéramos diputados!) .

El que llama, manda y rara vez se le ocurre pensar que podemos estar haciendo otra cosa o que tenemos otras prioridades. Jamás  pregunta “¿estás ocupad@?” o “¿tienes tiempo para platicar?”  No, el que llama no sólo asume que tiene derecho a interrumpirnos, sino que casi, casi le debemos estar agradecidos por sacarnos de nuestro aburrimiento existencial.

Como aquél mayordomo de los Locos Adams que apenas tocaban una campanita, comparecía diciendo “¿Llamó usted?”, así se espera que contestemos el celular. De hecho, a tal grado a llegado el poder de su majestad el celular que -hagánme el refabrón cavor-  hay gente que se enoja si no le contestan: “Te hablé a tu celular y no me contestaste,” se quejan en tonito ofendido, como si el otro no tuviera derecho a ser selectivo con sus llamadas o  defender su tiempo de interrupciones y tuviera -cual mayordomo antiguo- la obligación de estar disponible para cualquier necedad las 24/7. (Y si, ni se hagan, el 99% de las llamadas que recibimos son necedades).

Nadie me malinterprete: no estoy abogando por la época de las cavernas, ni por el regreso de las señales de humo. El cel me parece un invento fabuloso, utílisimo para la tranquilidad anímica de las mamás y los papás, fregón para los chavos, indispensable para el trabajo y de suma utilidad para las emergencias.

Pero es no nos exime de aprender a utilizarlo mejor.

Utilizarlo para enriquecer nuestras vidas, no para empobrecer nuestras relaciones.

Utilizarlo para mejorar la verdadera comunicación, no para imposibilitarla.

Porque nos guste o no, en la medida que le damos prioridad al celular, empobrecemos nuestras relaciones cara a cara; somos menos productivos; hacemos menos a esa persona de carne y hueso que tenemos enfrente: y, le restamos intensidad al momento pues ni estamos plenamente aquí con los que nos rodean, ni estamos concentrados en lo que nos está platicando el de allá.

Y ya los dejo porque me está sonando el celular…🙂

2 comentarios en “¿Llamó Usted?

  1. Que gran y triste verdad has dicho, mi estimadísima y clarividente Claudia: la “celulitis” nos abruma, menoscaba, ofende y acompleja. Si recientemente te ha tocado dar una clase a grupos de adolescentes modernos y con posibilidades de “tecnificarse”, sabrás que muchas veces sientes que predicas -literalmente- en el desierto (mental y emocional de los asistentes). Hay que pensar seriamente en disfrazarse de Blackberry o iPod para ver si así se puede captar su atención. Es impresionante lo que está sucediendo. Creo que tu admirado Heidegger tuvo razón cuando predijo que el mal uso de la tecnología nos podría aplastar. “Sólo un dios podrá salvarnos”. Habrá que echarle un telefonazo a alguno de ellos a su “cel” pa´ que nos ayude a usar con más inteligencia estas maravillosas herramientas, según bien nos aconsejas.

    Te mando como siempre un saludo afectuoso (luego te llamo a tu cel pa´reiterar mi saludo…)

  2. yo por lo pronto ya imprimì este artìculo, para ponèrselo entre ojo y ojo (perdòn, entre ojo y celular) a dos con los que vivo.

Los comentarios están cerrados.