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El Canto de las Sirenas


No sé en que vaya la investigación de las razones que llevaron a encallar al crucero Costa Concordia en la isla de Giglio la semana pasada, pero estoy segura que una hipótesis no figura entre las posibles explicaciones y, sin embargo, a mi fue lo primero que se me ocurrió cuando vi a ese emulo del Titanic (que cumple su primer centenario bajo el agua en breves semanas) varado a unos metros de la playa:

Ah, las Sirenas volvieron a hacer de las suyas.

Y es que, según cuenta Homero, las Sirenas eran dos criaturas seductoras que engañaban a los navegantes con sus irresistibles cantos, los llevaban a encallar sus barcos y -puesto que en aquellas épocas nadie sabía nadar- a morir ahogados. Por siglos, el único que logró sobrevivir al “canto de las sirenas” fue Ulises que, haciendo uso del ingenio por el que era famoso, tapó los oídos de sus hombres con cera, y se hizo atar al mástil de su embarcación con los oídos destapados, de tal modo que, pudiendo escuchar el canto de las sirenas, no le fuera posible cambiar el rumbo del barco.

Desde entonces y hasta ahora escuchar a las Sirenas se ha asociado al riesgo, a seguir una quimera, a ir contra nuestros propios intereses. Todo el que escucha el canto de las Sirenas, se dice, trata de hacer ese imposible que todo su ser le impulsa a hacer pese a que todo mundo le advierte acabará en un desastre (iniciar nuestro propio negocio, cambiar de estilo de vida, irnos un año a la India, estudiar para ser chefs, darle la vuelta al mundo, ser el próximo Lionel Messi, qué sé yo… cada quien tiene sus fantasías).

Y la gran mayoría de nosotros hace lo que Ulises: nos amarramos al sólido mástil de nuestra embarcación (nuestra chamba, familia, vida “normal”) y escuchamos a las Sirenitas cantarnos toda la vida sin hacer nada al respecto. Nos protegemos del riesgo que implica seguir nuestras más alocadas fantasías y evitamos los escollos de la vida. Salimos bien librados.

Pero, dicen los que saben, tratar de evitar el fracaso es en sí mismo un fracaso. Y, por cierto, el más importante de todos: el fracaso de aquello que esencialmente somos desde que nacimos. Porque si hemos de creer al fundador de la psicología arquetípica James Hillman, cada uno de nosotros nace con una sabiduría innata que -en cada decisión existencial- le susurra al oído en cual alternativa encontrará mayor satisfacción existencial.

Es el canto de la Sirena que pocos tienen el valor de seguir. Y esos pocos, dice Hillman, son precisamente los genios de la Humanidad: los que no sólo tienen talento (que todos tenemos alguno) sino el suficiente carácter para explorar su sueño. Son gente como Paul Gaugin que un buen día renunció a su chamba de corredor de bolsa y se fue a la Polynesia Francesa a pintar de tiempo completo (y legar al mundo el estilo que influenciaría a Van Gogh, Matisse y Picasso, entre otros). El mundo perdió un corredor de bolsa mediocre y ganó un genio de la pintura.

Y no, antes de que alguien se me alebreste y me acuse de estar promoviendo la irresponsabilidad y/o sugiriendo que larguen la chamba, abandonen a su familia y hagan de su vida un soberano papalote como Gaugin; o que ignoren todos sus instrumentos de navegación existencial y acaben como el Costa Concordia encallados en una playa, aclaro:

Mi propuesta es más modesta y más realista: lo que pido -con Ulises, Hillman y Jung- es que cada quien le dedique un rato de su existencia a escuchar el Canto de su Sirena Interior, trate de comprender lo que le está diciendo de sí mismo y busque la forma de vivir -aquí y ahora- al ritmo que la Sirenita le toca sin hacer olas o tomar decisiones drásticas. En ello nos va nuestra salud mental y reducir un poco la frustración existencial que aqueja a la gran mayoría de la Humanidad porque como bien dijo Carl G. Jung: “Los sueños que decidimos ignorar, tarde o temprano nos visitan como enfermedades”.

Para leer: Carl G. Jung: “Modern Man in Search of His Soul” y James Hillman “The Soul’s Code: In Search of Character and Calling”.

4 comentarios en “El Canto de las Sirenas

  1. Ahora sí que te soltaste el pelo… pero con la advertencia de Jung me obligas a reflexionar en mis fantasías: “Hic sunt sirenae”

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