Transición: Del Morado al Rojo


Espirales en Transición

Primero que nada una disculpa por el doble envío: Los duendes internéticos hicieron de las suyas y el link anterior no servía vaya usté a saber por qué…

Llevamos dos paradas en nuestra aventura psico-cromática y a estas alturas ya va quedando claro que la Teoría del Espiral es ontogénica y filogénica (o sea, es un proceso que nos pasa a tanto a nivel colectivo como individual).

También, a partir del Morado, nuestro desarrollo sigue un patrón oscilatorio que se mece entre los extremos del individualismo y la necesidad de pertenencia.

Tal como la plantearon los discípulos de Graves -Don Beck y Chris Cowan- los colores cálidos (rojo, naranja, amarillo, coral) expresan un concepto de felicidad que da prioridad a la originalidad del individuo; mientras los colores fríos (morado, azul, verde y turquesa) se regocijan en formas de vida más comunitarias.

O, como quien dice, en los períodos de desarrollo cálido queremos ser más libres; en los fríos nos llama más la pertenencia.

Las Crisis Existenciales

Entre un grupo de colores y el otro (de fríos a cálidos o viceversa), ocurre una transición que es uno de esos periodos existenciales en los cuales “no nos hallamos”; cuando nada de lo que nos hacía click en la etapa anterior nos satisface; cuando nos aburren personas, actividades y rutinas que antes nos apasionaban; o, cuando comenzamos a ponerle “peros” a ídolos que antes admirábamos, autoridades que respetábamos, verdades que creíamos.

Son momentos que designamos como “crisis”, palabra que viene del griego Krineo y significa “delimitar, separar, decidir, elegir, distinguir y juzgar”.

O, en las diáfanas palabras de Antonio Gramsci: “Crisis es el momento en que el nuevo orden no acaba de nacer y el viejo orden no acaba de morir”.

Cada que cambiamos de color de mente pasamos por una crisis: algunas son pequeñas y disfrutables (máxime ‘ora que ya sabemos que son pasajeras).

Otras nos cuestan horrores como la proverbial Noche Oscura del Alma de San Juan de la Cruz.

Entre las crisis más dolorosas y cruciales para el crecimiento personal, la psicología destaca dos: la adolescencia (paso del Morado al Rojo: ¿Qué voy a hacer en la vida?) y la crisis de la edad adulta (Naranja a Verde: ¿Qué he he hecho en mi vida que valga la pena?).

Si se fijan, son movimientos inversos: mientras la crisis de la adolescencia explora lo que podemos hacer solitos (look ma, no hands!); la crisis de la edad adulta analiza lo que hemos hecho por los demás (¿Qué sentido tiene mi vida?). Una crisis busca poder personal y se aparta de la comunidad que lo protegía; la otra crisis busca trascendencia y se cuestiona el legado que dejará a su comunidad.

Salir de ambas crisis es difícil porque implica dar palos de ciego en un territorio que nos es poco familiar.

Del Morado al Rojo

“No sé que les pasa a mis hijos! Tan lindos y obedientes que eran y hoy no me hacen caso, hacen su regalada gana y se le ponen al brinco a su papá! No quieren ir de vacaciones con la familia, se pelean entre ellos todo el día y si los castigamos, sale peor!”

Esta queja repetida ad nauseam por los padres de familia alrededor del Planeta anuncia la llegada de la transición de la Mente Morada al Rojo (les advertí que era una crisis, Big Time!). Pero, contrario a lo que solemos pensar no se debe ni a lo que los engendritos ven en la TV, ni a la influencia de pérfidos amiguitos maleducados, ni a los neuro-dañinos acordes de la música actual.

No, la responsable de que la princesita de Papá se haga una arpía y el muñeco de Mamá se torne en un Hulk con acné y greña larga es, ni más ni menos, que la aparición del Ego (aka transición del Morado/Tribal al Rojo/Egocéntrico).

Es el momento en el que el individuo, que hasta aquí se dejó guiar y cuidar por la tribu, empieza a dar sus primeros palos de ciego independientes. Y si algo o alguien se le atraviesa en el camino, lo va a aporrear (sobre aviso no hay engaño).

Es el momento en que la armonía de la tribu se rompe, y la fraternidad deja paso a un jaloneo por ser el mandamás, por establecerse como el líder indiscutido del clan (mi película favorita para ver el paso del Morado al Rojo es “El Señor de las Moscas”).

Es el momento en que la autoridad impuesta comienza a ser cuestionada (mis papás no saben nada), resentida (me vale lo que digan) y resistida (grito, berrinche, portazo!). Bart Simpson o Allen Gregory son caricaturas perfectas del inicio de esta etapa.

Y es que, como bien dice Hermann Hesse en su magnífica novela Demian: “El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo”. Si queremos madurar debemos abandonar el calorcito y comfort del nido familiar y probar nuestras alas.

Transición Morada/Roja Positiva

Aunque solemos asociarla como un estado negativo (adolescencia es casi mala palabra hoy en día), la transición del Morado al Rojo es sumamente positiva. Lo que pasa es que, siendo la primera gran transición de nuestra vida, carecemos de recursos para expresar los que nos ocurre de forma racional (de ahí el nombrecito de adolescente: el que adolece, al que le falta…). Sin argumentos racionales, regresamos a lo que nos funcionó antes (berrinche) o recurrimos a los argumentos que vamos descubriendo en nosotros (poder, voluntad, violencia).

Pero hay les van las buenas noticias: si ese deseo de rebelión e independencia se canaliza bien, será la base de todo el futuro desarrollo de la persona. Porque en nuestras rebeliones y jaloneos con la autoridad, descubrimos que somos capaces de enfrentarnos a nuestros miedos, de independizarnos de la tribu, de confrontar a los demás y defender nuestras propias opiniones, gustos e ideales (aunque el modito no sea el más adecuado).

En ese constante toparse con pared que va de los 2 a los 20 años desarrollamos la confianza en nosotros mismos y la asertividad de la que echaremos mano cada que la vida nos ponga una piedrita o montaña en el camino. No por nada Jean Gebser escribe: “Todo el que quiera vivir con sentido de su propio valor y dignidad, y quiera vivir la vida en vez de aceptarla pasivamente, debe pasar antes o después por la agonía de la aparición del ego” (The Ever Present Origin).

Y es una agonía, pues siendo un intento de independencia inmaduro, el adolescente tendrá días en que añora aún la seguridad y simplicidad de la vida tribal. Quiere volver a ser niño y ser tratado como tal (sin responsabilidades), aunque otros días le ofenda profundamente que “no lo tomen en serio” o “no lo dejen ser”. Su relación con la tribu -familia, padres, hermanos- es de amor/odio: un día los necesita, al otro los desprecia.

Transición Morada/Roja Negativa

A nivel colectivo e individual no hay quizá otra transición donde la Mente se juegue tanto. Y, como en el resto de las etapas, lo que somos capaces de realizar durante esta transición depende en buena medida del desarrollo obtenido en la etapa anterior.

No haber tenido una etapa Morada sana augura una transición negativa.

Es la idea que subyace el dicho aquel de “los valores se maman”: sin una tribu positiva, basada en valores constructivos en la etapa anterior, difícilmente las nuevas energías del Ego sabrán emplearse positivamente.

Dicho de otra forma: si la Mente Morada enferma nos enseñó a ver la vida a través de lentes “anti”, el Ego naciente comenzará a explorar los límites de la destructividad personal en los que puede incurrir sin ser castigado. Aquí ocurren esas expresiones de crueldad a los animales por “diversión” (como los chamacos que le pusieron un petardo en la boca a un perro y le impidieron escupirlo, destrozándole la garganta “por nomás”), o las primeras expresiones de violencia intrafamiliar (golpear a los padres o hermanitos) o el bullying en la escuela, etc.

A nivel colectivo, las transiciones Morada al Rojo malogradas han dejado las estelas más escalofriantes en la historia de la Humanidad pues implican al mismo tiempo el anonimato del clan y el deseo de saber de cuanta crueldad somos capaces: los experimentos médicos del doctor Joseph Mengele, la matanza de Nankin donde los generales japoneses apostaban a ver quien mataba 100 personas más rápido, las masacres tribales entre Hutus y Tutsis en Rwanda a fines del siglo 20, o las campañas de limpieza étnica de la antigua Yugoslavia son todas expresiones de una mente en transición Morada/Roja enferma.

La Próxima Semana: La Mente Roja

6 comentarios en “Transición: Del Morado al Rojo

  1. Claudia, ¿de qué colores podrá ser tu mente que cada vez que escribes me deslumbras? No soy quizás quién para decirlo, pero creo que cada uno de tus coloridos artículos son tratados de psicología y desarrollo humano simplificados, divertidos y profundos -como todo lo que escribes- que ilustran, iluminan y dejan viendo estrellas. Me alegra como siempre ser un beneficiario más de tu cada vez mayor sabiduría y generosidad por compartir estos trozos de conocimiento que ayudan a que la vida sea más grata.

    Así que gracias esta vez por tu arco iris. Te mando como siempre mis deseos de que tu vida siga siendo una lluvia interminable de flores coloridas.

  2. Claudita. Me gustó mucho tu artículo aunque no te negaré que me dejó aterrada y confundida al final. Cómo a nivel colectivo, una transición morada-roja enferma, puede llegar a causar tanto mal? perdona si la pregunta es obvia, pero si me puedes explicar un poquito más , te lo agradeceré.
    Que tengas buen fin de semana.. Saludos🙂

    1. Mi estimada tocaya, creo que el viernes saldrás de la duda: si combinas el anonimato de la tribu morada con los deseos de imponerse a la fuerza de la mente Egocéntrica o roja, tienes lo peorcito de la Humanidad…

  3. Mi estimada Claudia, creo que “adolescente” es aquel que está creciendo y no que adolece de algo, aun cuando está creciendo y le falte mucho (de todo). Un saludo.

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